Había
días, grises días de lluvia, en que las calles de Brooklyn eran dignas
de una fotografía: cada ventana, el objetivo de una Leica, la vista
granulada e inmóvil. Juntábamos nuestras láminas y lápices de colores y
dibujábamos como niños salvajes hasta que, agotados, nos derrumbábamos
en la cama muy entrada la noche. Yacíamos uno en brazos del otro, aún
vergonzosos, pero felices, intercambiando apasionados besos mientras el
sueño nos visitaba.
El muchacho que yo había
conocido era tímido y tenía dificultad para expresarse. Le gustaba
dejarse llevar, que lo cogieran de la mano para entrar sin reservas en
un mundo distinto. Era masculino y protector, pese a ser femenino y
sumiso. Meticuloso en su vestuario y modales, también era capaz de un
desorden atemorizante en su obra. Sus mundos eran solitarios y
peligrosos, y vaticinaban libertad, éxtasis y liberación.
A
veces, me despertaba y lo encontraba trabajando a la débil luz de velas
votivas. Retocando un dibujo, girándolo en esta o aquella dirección,
examinándolo desde todos los ángulos. Pensativo, absorto, alzaba la
vista, me veía observándolo y sonreía. Aquella sonrisa primaba sobre
cualquier otra cosa que estuviera sintiendo o experimentando, incluso
más adelante, mientras estuvo agonizando, fulminado por el dolor.
éramos unos niños.Patti Smith
2 comentarios:
Patti......
Un blog muy interesante, de corazón. Vengo del blog de Eusebio, "El homicida del tiempo", y yo también te invito a participar en el mío. Saludos.
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